¿La inteligencia artificial puede volvernos dependientes de ella? Qué plantea el estudio que habla de un “virus cognitivo”

Un estudio internacional explora cómo el uso cada vez mayor de la inteligencia artificial podría generar dependencia y afectar la autonomía para realizar tareas cognitivas. Los investigadores aclaran que se trata de un modelo teórico y no de una prueba de daño cerebral.
Inteligencia artificial: qué plantea el estudio sobre el llamado “virus cognitivo”

Un equipo internacional de investigadores propone un modelo para analizar cómo se extiende el uso de la IA y qué podría pasar si empezamos a delegarle cada vez más tareas mentales. La comparación con un virus es una metáfora: el trabajo no demuestra que usar estas herramientas dañe el cerebro.

La inteligencia artificial ya ayuda a redactar mensajes, resumir textos, buscar ideas y resolver problemas. Pero hay una pregunta detrás de esa comodidad: si dejamos de hacer ciertas tareas por nuestra cuenta, ¿podríamos perder práctica para hacerlas? Un estudio difundido este mes plantea ese riesgo y usa una expresión llamativa para explorarlo: “virus cognitivo”.

El trabajo, encabezado por el investigador Ricard Solé, no dice que la IA sea una enfermedad ni que se contagie literalmente. Sus autores construyeron un modelo matemático sobre cómo una tecnología puede difundirse entre personas, incorporarse a las rutinas y, en determinadas condiciones, volverse difícil de abandonar. El artículo fue publicado como preprint, es decir, aún no pasó por la revisión formal de otros especialistas.

Para explicar esa posibilidad, el modelo distingue tres situaciones: personas que casi no usan modelos de lenguaje, usuarios habituales que conservan su autonomía y usuarios que delegan de manera persistente tareas cognitivas. La hipótesis es que, si una herramienta se vuelve la respuesta automática para escribir, analizar o decidir, la dependencia puede reforzarse tanto por el hábito individual como por su adopción en escuelas, trabajos y otros espacios. Se trata de una posibilidad que el modelo explora, no de una transición que el estudio haya comprobado en la población.

Los investigadores también hacen una distinción decisiva. Una IA puede funcionar como apoyo para aprender —por ejemplo, cuando explica un tema y la persona después intenta resolverlo y cuestiona la respuesta— o como sustituto, cuando hace todo el trabajo y el usuario acepta el resultado sin comprenderlo. La pregunta relevante, sostienen, es qué capacidades conserva la persona cuando deja de usar la herramienta.

Ahí está, precisamente, el límite de la investigación. Para ilustrar una posible pérdida de autonomía, los autores asignaron distintos niveles de capacidad cognitiva a los tipos de usuarios dentro de su modelo. Esos valores son supuestos de la simulación; no son mediciones que prueben cuánto pierde una persona por usar IA. Tampoco permiten afirmar que exista un número de consultas a partir del cual alguien se vuelve dependiente.

La advertencia invita, entonces, a mirar cómo usamos la tecnología. Pedirle a la IA que ordene ideas, muestre otra explicación o señale errores puede ayudar a pensar. Dejarle siempre la lectura, el razonamiento y la decisión final podría reducir las ocasiones de ejercitar esas habilidades. Esa es una recomendación práctica que se desprende del planteo de los autores, no un efecto individual demostrado por este estudio.

La IA puede ahorrar tiempo y abrir posibilidades. El desafío que plantea esta investigación es aprovecharla sin entregar por costumbre aquello que todavía queremos poder hacer por nosotros mismos.

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